Una familia de Comodoro Rivadavia transformó una experiencia traumática en la industria petrolera en un emprendimiento familiar que hoy es un comercio consolidado en el centro de la ciudad.
Una historia de esfuerzo, miedo y decisión atraviesa a “La pañalera de mamá”, un comercio de Comodoro Rivadavia que logró crecer hasta instalarse en pleno centro de la ciudad. Detrás del mostrador hay mucho más que ventas: hay un cambio de vida profundo que comenzó tras un hecho traumático en la industria petrolera.
Karina, una de las impulsoras del emprendimiento, contó a ADNSUR que todo comenzó en 2017, cuando su esposo —trabajador del sector de perforación durante 15 años— sufrió un fuerte impacto emocional tras un accidente laboral en el que falleció un compañero. Esa situación lo llevó a replantearse su rutina, marcada por extensas jornadas fuera de casa, y a priorizar el tiempo con su familia.
La decisión no fue fácil. Renunciar a un trabajo estable implicó vender bienes, como la camioneta familiar, para reunir el capital inicial. Así nació el primer intento: un pequeño local de artículos de limpieza en Kilómetro 5, donde las ventas eran escasas y el día a día se hacía cuesta arriba. “A veces vendíamos una esponja”, recordó Karina.
Sin embargo, una idea comenzó a cambiar el rumbo: incorporar pañales. La demanda creció rápidamente y el negocio empezó a enfocarse exclusivamente en ese rubro. Primero desde el quincho de su casa en barrio Próspero Palazzo, y luego con reparto a domicilio que ellos mismos realizaban, recorriendo la ciudad desde Astra hasta Rada Tilly durante horas.
El crecimiento fue sostenido, aunque siempre acompañado de sacrificio. Toda la familia se involucró en el emprendimiento: desde los padres hasta los hijos, que ayudaban después de la escuela. Incluso, llegaron a atender pedidos de madrugada, ante la urgencia de clientes que necesitaban pañales fuera de horario.
Con el tiempo, y gracias al boca a boca, lograron dar un salto clave: mudarse a un local en el centro, sobre calle Italia al 800, donde hoy funcionan desde hace dos años. Allí consolidaron su clientela, aunque reconocen que el contexto económico actual también impacta en las ventas. Karina explicó que hoy muchos clientes compran menos cantidad y priorizan opciones más económicas. “Antes se estoqueaban para todo el mes, ahora compran el día a día”, señaló.
Aun así, mantienen su premisa de ofrecer precios accesibles y sostener el vínculo cercano con quienes los eligen. Más allá de las dificultades, el emprendimiento les permitió recuperar algo que consideran fundamental: el tiempo en familia. “Ahora puede ir a ver a sus hijos, acompañarlos. Antes no podía”, destacó Karina sobre su esposo.
El mensaje que deja la historia es claro: emprender no es fácil, pero con constancia y apoyo familiar es posible salir adelante. “Cuesta, es el día a día, pero no hay que bajar los brazos”, resumió.
