El hantavirus vuelve a encender alertas sanitarias. Un crucero varado frente a África con tres fallecidos y el recuerdo del brote de Epuyén en Chubut (2018-2019) marcan la actualidad de la cepa Andes, única capaz de transmitirse entre personas.
El hantavirus volvió a encender las alertas sanitarias a nivel global. No se trata de una enfermedad nueva pero sí de un viejo conocido que, en la Patagonia, dejó una herida imborrable. Mientras un crucero con decenas de tripulantes permanece varado frente a las costas de África por un brote que ya causó tres muertos, las miradas se dirigen hacia Epuyén, en la Comarca Andina de Chubut, donde entre 2018 y 2019 se vivió una tragedia terrible.
La Organización Mundial de la Salud monitorea con atención el brote a bordo del buque MV Hondius, que zarpó desde Ushuaia con destino a las Islas Canarias. Hasta el último parte oficial, se reportaron ocho tripulantes afectados, tres de ellos fallecidos y el resto en cuarentena estricta en Cabo Verde. La secuenciación confirmó que se trata de la cepa Andes, la única variedad de hantavirus capaz de transmitirse de persona a persona.
El caso del crucero es paradigmático porque representa el riesgo en espacios cerrados y de convivencia prolongada. Las autoridades sanitarias internacionales trabajan contrarreloj para identificar al “paciente cero” de la embarcación y reconstruir su itinerario de los últimos 45 días, que constituye el período máximo de incubación del virus. Hasta el momento, se sospecha que el contagio inicial pudo haber sido ambiental durante una excursión en Tierra del Fuego o en alguna escala previa.
Pero el crucero no es el único foco. En lo que va del año 2026, Argentina confirmó 101 casos en todo el país. La región patagónica concentra la mayor incidencia, con Chubut, Río Negro y Neuquén como las provincias más afectadas históricamente.
Hace apenas dos meses, una adolescente de 15 años murió por hantavirus en la comuna rural de Cerro Centinela, a pocos kilómetros de Corcovado, tras permanecer internada en el Hospital Zonal de Esquel. La joven formaba parte del grupo de contactos estrechos aislados luego de la detección de un brote en la localidad. El caso se desprendía de un grupo familiar previamente identificado, lo que permitió activar de manera temprana los protocolos sanitarios. Aun así, y pese al seguimiento epidemiológico y la intervención del sistema de salud desde el inicio, la paciente evolucionó de forma desfavorable. Tras el fallecimiento, las autoridades sanitarias reforzaron los operativos en terreno, intensificando el monitoreo de contactos y reiterando la necesidad de sostener las medidas de prevención.
Para entender la magnitud del problema actual, es obligatorio volver la vista al brote de Epuyén. Entre noviembre de 2018 y marzo de 2019, la localidad cordillerana se convirtió en el epicentro de la peor epidemia de hantavirus por transmisión persona a persona en la historia de Argentina. Todo comenzó el 3 de noviembre de 2018, en una fiesta de quince años celebrada en el salón Peumayén, cerca del lago. Entre los 100 invitados se encontraba Víctor Díaz, un hombre de 68 años que había estado días antes recolectando hongos silvestres en una zona de riesgo. Víctor asistió a la celebración con fiebre y dolores sin saber que ya estaba incubando el virus. La investigación epidemiológica, que los médicos locales describieron como un verdadero “trabajo detectivesco”, logró establecer que el jubilado fue el “paciente cero”. Durante la fiesta, permaneció a menos de un metro de distancia durante al menos 30 minutos con cinco de los futuros infectados. Esa cercanía fue suficiente para que el virus saltara de una persona a otra, algo excepcional para el hantavirus, pero posible en la cepa Andes.
A partir de ese momento, se desencadenó una cadena de contagios imparable. El primer fallecimiento se registró el 3 de diciembre de 2018: una adolescente de 14 años, amiga de la cumpleañera. En los días y semanas siguientes, las muertes se sucedieron con una frecuencia aterradora. El momento más crítico se vivió a mediados de diciembre de 2018 y se extendió hasta enero de 2019, cuando falleció la mayor cantidad de personas en el menor tiempo. En apenas seis semanas, 11 personas perdieron la vida. Entre ellas, una familia entera fue devastada. El caso más emblemático y doloroso fue el de la familia Valle. Aldo Valle, empleado municipal de 61 años, murió el 11 de diciembre de 2018. En las semanas siguientes, sus hijas Loreley (30) y Jéssica (32) también fallecieron. A ellas se sumó un joven de 16 años, hijo de la pareja de Aldo. El velatorio a cajón abierto de Aldo se convirtió, según los sobrevivientes y la investigación posterior, en un nuevo foco de contagio. Isabel Díaz, hija del paciente cero y también sobreviviente, relató años después: “Para mí, mi mamá se contagió en el velatorio de Aldo porque de ahí salió un brote terrible que afectó a los hijos de él”.
