El pasado miércoles, la sede del Juzgado Federal 3 de Córdoba fue testigo, a pesar del negacionismo que sobrevuela estos tiempos mileístas, del triunfo de la lucha inclaudicable de sobrevivientes, familiares, el movimiento de derechos humanos y la ciencia al servicio de la verdad, la memoria y la justicia.
El titular del juzgado Miguel Hugo Vaca Narvaja dio a conocer los nombres de las doce personas identificadas en las excavaciones realizadas por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en la zona de Loma del Torito, dentro de la Reserva Natural Militar La Calera.
Ramiro Sergio Bustillo, José Nicolás Brizuela, Raúl Oscar Ceballos Cantón, Adriana María Carranza o Cecilia María Carranza, Carlos Alberto D’Ambra, Mario Alberto Nívoli, Elsa Mónica O’Kelly Pardo, Oscar Omar Reyes, Eduardo Jorge Valverde, Sergio Julio Tissera y Alejandro Jorge Monjeau López.
Restos óseos fragmentados que confirman lo que los sobrevivientes sostuvieron por décadas: la “limpieza” a gran escala que realizaron los militares a inicios de 1979 para ocultar el genocidio en curso ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Sin embargo, la ciencia y la lucha incansable lograron lo imposible: encontrar los fragmentos que quedaron y comenzar a darles una identidad.
Así, un pequeño rastro permitió que Alejandro Monjeau López saliera de las entrañas oscuras de La Perla.
El segundo de cinco hermanos, Alejandro nació en la ciudad de Mar del Plata en 1955. A los 17 años se mudó a La Plata para estudiar Abogacía. “Tenía brillo, era muy vital, muy gracioso”, afirma Guillermina, la menor de los hermanos.
Su hermana lo recuerda con ojos de niña: “Gracioso. Muy deportista. Lo vi muy poco, tenía 7 años. El recuerdo que tengo de la última vez que lo vi, fue un encuentro a escondidas de la familia con él y su esposa en un bar. Son como flashes. Imágenes de comidas familiares, donde Alejandro y mi hermano Federico hacían shows, eran los graciosos de la familia”.
Con un “compromiso muy importante”, militó en la Juventud Universitaria Peronista. “Era un tipo muy visceral, muy politizado. Con una presencia muy importante. Se metió a trabajar en una fábrica acá en La Plata porque quería tener esa experiencia obrera. Iba a las librerías y dejaba marcadas las hojas y volvía al otro día para seguir leyendo. Se va armando esa mística, viste?. Encima era lindo, era hermoso. Muy sonriente”. Pedazos de historia, fragmentos de flashes que arman y sostienen historias, vidas.
Junto a su compañera decidieron irse a Córdoba, donde fueron secuestrados en 1977. Primero fue él, luego ella. Patricia dio a luz a una niña en La Ribera, otro de los centros clandestinos que funcionaron en Córdoba; luego fue trasladada a la cárcel de Devoto donde permaneció un año. La bebé, Alejandra, fue entregada a su abuelo materno.
Alejandro tenía 21 años cuando lo secuestraron aquel 14 de marzo de 1977. Testimonios brindados en el juicio de La Perla– donde fueron condenados 28 genocidas-, lo ubican en ese predio de 14 mil hectáreas por donde pasaron más de 5 mil personas; uno de los centros clandestinos de detención, tortura y desaparecidos más grandes del interior del país.
El último tramo de certeza fue el 11 de marzo de 2026 cuando una sobrina recibió la noticia del hallazgo de restos en aquel lugar. La comunicación con la familia; con Alejandra, su hija, quien vive en Italia junto a su madre. El cierre de un impasse en el tiempo.
“Simbólicamente es la idea de que salga de ahí. Sacarlo de ese lugar y tenerlo cerca nuestro. Es como cerrar el tiempo de La Perla y llevarlo a otro lugar, a Mar del Plata con mis padres y mi hermano fallecido. Cierra un proceso y es un profundo agradecimiento a todos los que colaboraron; es muy emocionante. El Equipo de Antropología Forense, el juzgado y la calidad con que nos llamaron”, señaló Guillermina, quien marchará con su familia este 24, como todos los años. Quizás este con más impacto.
“Dejar de pensarlo a Alejandro en la Perla” es la síntesis de un triunfo de este lado, contra la pedagogía del silencio y el escarmiento que los mismos de siempre, que solo cambian las caretas, buscan imponer a golpe de ajuste y represión.
Porque la memoria que es bronce, no se mueve. La memoria colectiva es una construcción constante contra la impunidad de ayer y de hoy.
“Con el arriba nervioso y el abajo que se mueve”, como cantaban Los Olimareños, daremos vuelta la tortilla.
Este 24 de marzo, nos vemos en las calles.
¡30 mil detenidos desaparecidos presentes ahora y siempre!
Fue genocidio
